6 años después, el IBP, sigue enamorado de Hubert Selby Jr. y detesta a Mr.Like







Hace ya seis años, que me enrollé la manta al cuello y con la ayuda de la mejor persona del mundo, puse en marcha el Inquietante Bypass. Sepan que no soy muy de celebraciones, ni de escritura personal, ni de la autoayuda, batallitas de chaveas, y por supuesto, mi horrenda empatía social —in person—, que sólo he superado con psicoestimulantes, a lo largo de mi primer cuarto de siglo. Sin embargo, conseguí que mi vida fuera como yo quería: nada de deberle favores a nadie, ni compromisos fraternales. Puedo decir que he hecho lo que me ha salido de los huevos. Eso, sí. Sin dejar de lado mis obligaciones contractuales. Nunca he nombrado a mi familia porque no la tengo. A ver, si la tengo… ¡Demonios! ¿Quién no tiene familia, en este mundo? Aunque, haya sido tu esclavista o maltratador de turno. Una pena, pero claro ese estamento no se elige, se impone. De ahí, mi amor inconmensurable por el gran, Dickens. Me considero un engañado, a todos los efectos. Desde el salto de la placenta de mamá, hasta el lomo de la rana de S. Antonio. Pasando por el fórceps de un obstetra con Celtas emboquillado, pegado a sus amarillos labios, y bigotito falangista, en 1966. Hasta una reanimación cardiaca, debajo de un enrobinado grifo, que chorreaba gélida agua. Afortunadamente, hay algo que me hace feliz, me ha dado mucha felicidad y ha sido mi mejor compañía; el sexo, el dinero y las drogas. El dinero está ahí, no muy lejos. Si trabajas duro, tendrás tu recompensa. Yo he ganado dinero, como me lo he pulido. Una Minipipmer sin tope de voltaje. Y eso, no ha sido nada, comparado con el subterfugio de los jodidos daños colaterales. No. Sres. No conté con ello y de allí, mis malditas penurias. Nunca creí lo que me pasó hace ocho años y menos aún, como me puede estar pasando a mí. ¡Joder! Todavía, sigo sin creérmelo… La putada es que no puedo, ganar dinero como antes. No puedo entrar al campo de juego. He de resignarme, a la realidad, y ese escenario, donde lo vital es apestosamente terrorífico. Sólo quieres desaparecer. A ver, que no me vean en estas últimas letras, escorzos de lloriqueo o moquear. No me quejo, no me gusta el postureo de la lamentación. ¡Cojones! Ahora no puedo ganarme la vida con mis manos. Ya, que sí, que lo sé. Lo entiendo. Síí, medio mundo se muere de hambre para que los acomodados europeos occidentales den la murga. Como estoy de aniversario, se joden y la aguantan. Me crie en un barrio, donde la gente madrugaba mucho para ir a trabajar y las madres hacían cola en el Mercado Central para traer un poco de morralla a la cocina. Un lugar, donde existía un respeto hacía, la edad. Los gerontes tenían galones y sabían de la vida; se les admiraba. En la calle, los colegas estaban a medio camino entre el mundo quinqui, la heroína, la cárcel y la movida: Una estafa de Tierno Galván, pero era tan cool que comparado, con la acera de enfrente, pues hasta tenía su puntito. En el fondo, un hombre sabio, viejo y muy tierno. Dentro de ese colectivo, de ancianos mayores, estaban los que habían tenido sus problemillas con la ley. Es decir, entre ladrones, los códigos existen. Y al abuelo más gamberro, se le respetaba. Bueno, iba a Roma, con su pliego al Papá. Yo era un estudiante modélico de unas notas magníficas, hasta que dejé de serlo. Tenía mucha suerte, con lo del estudio, pues no estudiaba nada y me acordaba de todas las frases, los versos, las formulas matemáticas y las figuras literarias. En esos escasos segundos que, había leído el libro de turno, me colgaba otro notazo en el examen. Hasta que la memoria se empieza a marchar. Se escapa como el confeti de una noche de fin de año. El otro día mirando mi colección de cajas vintage de los mejores Maltas, me di cuenta que la de Bowmore, tenía unas anotaciones, donde se leía títulos universitarios e idiomas. La abrí y me quedé exhausto. No me lo podía creer, tendría que pasarme un día entero para introducirlos en una base de datos.  Mi casa está llena de libros, casi todos comprados en librerías de lance, rastros u ofertas de saldos. Siempre pensé que con una licenciatura, o dos, la gente te abriría una puerta y te miraría mejor, esgrimiendo debajo del brazo un título firmado por el gangoso matadumbos Borbón.














Yo crecí en un tiempo y un barrio, donde las familias eran tan pobres que le decían al vecino; mi hijo es abogado, eh! Claro, que tiene su lógica. Aquellas personas nunca pudieron leer ni un solo libro. En el fondo, es una gran estafa, lo del título de matadumbos. Todavía recuerdo el día que llegué a la universidad —uno estaba encantado— menuda breva. Trajeado como Patrick Bateman. Olía a Ferragamo y pisaba con fuerza mis Clarks. Un 127 Fura, en la puerta y un montón de nenas “Ñan”, que me miraban. No había muchos tíos de 25, todavía quedaba un mes para los 26. Ah!, aquel aspecto aniñado y guapín que daba propinas al camarero del bar de la facultad y pagaba las copas de criaturas que, llevaban la mochila del Corte Inglés pagada, con los Valecortys, de sus viejos. Era el puto amo. Y batí un record. Menuda máquina: trabajando y estudiando 5 años seguidos: me licencié, con tesina y una tesis doctoral que no quise leer, porque la quemé, tras una noche de farra hasta el amanecer. La quemé en un descampado con una botella de Jameson en la mano. Borracho como una cuba, reía y reía delante del fuego. ¡A la mierda! La cuestión es que no paraba, también compaginé un Máster de dirección de cine, guion y producción, que por cierto lo organizaba gente del ESCAC y una universidad palmera que pone la mano. No recuerdo bien, el nombre, hay tantas, como setas. Sí, esos bolos que se montan algunos de los que tan efusivamente, y a día de hoy, pintan canas por las redes sociales con sus retoños. Como Amancios, en su cumpleaños. ¡Qué tal chico, cómo estás...! Y se exhiben, Ahora, cuando, lo ven a uno, dócil y viejo. Desconchado, por las cicatrices de los quirófanos y convertido en un ser sin vida por el dolor. Todo el mundo siente pena y esa lastima por el descalabro. ¡Grande Wilder, a patadas por las escaleras! ¡Qué lejos quedan las promesas envueltas en oro y lentejuelas! A ver, un segundo, que tengo que tomarme una cápsula de morfina y un zumo. Sigamos, ¿por dónde iba? ¡Ah, sí, ya recuerdo! Un par de años antes de entrar en la facultad, comenzó mi primer gran intriga por el cine. Sí, aquello fue un escándalo, de cojones. Al lado de la pija, más guay del sagrado corazón púrpura redentor, no soy muy devoto. Será porque pude elegir entre ética y religión. Poca diferencia, la maldad las separa seis grados, en el limbo. Ahí, comencé otra estafa relacionada con el cine, donde aparecían gentecillas de la divina cultura de esta villa fallera. Desde gente que ganó un Goya, pidiéndome una correa, pues se le caían los pantalones. Ahora, el cabrón agarrado como un chinche; no se pintaba una línea de la papelina que llevaba en el bolsillo. Cosas de aristócratas antisistema. Estaba fuera de órbita. Desde que tuve que aguantar una noche, a ese hijo de la gran puta borrachín, de Córdoba. En el rodaje de un cortometraje, me ponen de nani de guardería en el café de la Infanta. Menudo elemento. Por cierto, con la ley actual ¿Se le podría aplicar los cargos de acoso y violencia de género? ¿O lo acosar, a un tío no es acoso? Creo que los The Goya Corporation, me señalaron de por vida. Ahora, la vida da muchas vueltas y entré en un bombo de la champions league. Donde, yo terminé metiéndole el mejor gol, de mi vida, a todos estos niñatos de Papuchi y Mamuchi. Como lo de escribir, no se me daba mal. Alguien, a quien  le tengo un gran respeto dijo; lo haces un rato bien, criatura. Hay gente que te mira con buenos ojos. Ahora, es el presidente de mi club de fans del IBP. No todo va a ser hulla de Ponferrada. Habrá gente que les joda escucharlo y otros se la sudará. Luego, están los que lo dicen todo con la boca pequeña y los ojos ensangrentados. Lo siento, pero no tengo la culpa de escribir y follar como los ángeles de la Capilla Sixtina. Los ángeles follan, y no es mentira, hasta Versace lo dijo, antes de ser asesinado.












La cuestión es que escribí un guion. Aquel guion era para un formato televisivo de concurso. Tuve una idea cojonuda y la cosa, como el que no quiere, fue un pelotazo. El episodio piloto hizo un gran share. Algo que yo detestaba. La cuestión; es que la productora —que gestionaba el programa— no quería que yo tuviera la autoría y el copyright de aquel sarao. Y dije: Puta madre! Nos fuimos a pleito. Como me la traía floja aquel mundo, de chilicuatres, del postureo digital. Accedí a negociar en una habitación, una suculenta compensación económica. Así como la entrega de todos los derechos de autor. Se lo quedaron y felices con unas perdices los perdí de vista. Querían darme la mano o besarme el culo… Yo solo quería marcharme lejos… Ese guion es la idea original de un programa que —a día de hoy— se emite en más de 50 países. No me quejo, eso sí. Mi picapleitos que es una de las personas, a las que más quiero, junto con mi asesor fiscal. Me dijo que estaba loco de atar. ¿Por qué vender algo que lleva 20 años siendo la gran mazorca de la TVs? Te lo dicho mil veces, Isidro:—No me gustaba, esa mierda. Yo quería hacer cine. Irme lejos de este puto país, cuando se muere mi madre. ¿Inoportuna? Puede. La vida y fatalidad, separadas por un instante muy efímero. Una tragedia más, que metes en tu mochila, y se carga con ella. Fue un época convulsa y compleja. El dinero se consumía. De repente, cogí el teléfono. Al otro lado, del hilo telefónico, el depredador de Isidro. Él sabía lo de mi madre y con lo que ganó de la comisión del affaire del guion. Nunca ha dejado de llamarme y preguntar por mi vida. No obstante, Isidro, me llamaba para decirme algo muy jugoso:— ¿Oye, Jon, si no quieres ser guionista famoso, podrías trabajar como escritor negro…?—Ah, pues, tío. Tiene buena pinta. Va a ser que sí. Me consiguió un contacto con una agencia que necesitaba un escritor con estilo y oficio, para ser Ghostwriter. Así, hasta llegar a la edad, de todas mis desgracias, 43 años. La edad de mi eterno amigo Tony Soprano. No lo puedo evitar, pero lo echo mucho de menos. ¿Ven por qué sigo mustio y muy jodido? Lógico.¿No creen que podría estar ganando un pastuki? Luego, está lo de esta chica, rubia, que manda en Madrid y al parecer quiso hacer un Máster, como el sujeto, Blasito. A ver, se acuerdan de la botella de Malta de Bowmore, claro que sí, con lo bueno que está. Da la casualidad, que como no había tenido bastante con la arqueología, la prehistoria, el cine, los putos guiones y el mundo negro. También hice un Máster de Periodismo y estaba en la cadena de los curas de becario. Tenía muchos tacos y la gente me llamaba el becario científico, por lo de los espolones. Los chavalitos pagaban un pastón como la Cifuentes (perdón, ella no) para hacerlo y poder hacer prácticas gratis. ¡Hay que joderse! Venga, ya! Investiguen las universidades que son cómplices de esta mierda. Les gusta el dinero, tanto como a servidor. En ese Máster conocí a Blasito, que sin tener la licenciatura de Periodismo, acabó siendo un tipo muy importante en la consejería de cultura de fallerolandya.












No digo, sus apellidos y demás, porque esto lo tendría que hacer los de la prensa levantina. No confundir con los cachas. Y ya saben, que el dinero, es esencial para mí. Luego, no tengo ganas de joderle la vida a ese cabrón, al cual le hice hasta el trabajo de fin de Máster y tropecientas mil asignaturas. Bueno, dejémonos del puto Blasito y vean cómo se las gastaban, en la capilla del micro de los curas. Llego allí y me dan un plumero y una caja de folios. ¡A la fotocopiadora, campeón y nos traes dos aguas con gas! Pasaban los minutos y a las dos horas, aparece una chica con cara de angustiada. Me dice:—Oye, chico, que te llaman del estudio central. Allí, que voy yo. Mi voz, al igual que mi entrepierna; suena muy viril y sexy. La cosa como el que no quiere, se mascaba en el ambiente, apuntaba mal pálpito. Aquel corral tenía un gallo grande y viejo, al que mi intervención —“in live”— lo hizo polvo cuando entré en antena. Y se las ingenio, para decirles a los de la dirección del máster; que no era la persona indicada para trabajar en radio. Yo antes de marcharme le espeté: ¡Ud. es un envidioso! Lo lleva en la cara. “Arrieros somos, y en el camino, nos encontraremos.” Me marché muy enfadado, enfadadísimo. Supe con los años que, al payo, le dio un infarto, como el que me dio a mí, de los masivos. Realmente, muy jodidos y letales. Empero, él se murió. Lo siento, yo no le deseaba la muerte. Ni se la deseo a nadie. Sólo un par de hostias públicas o unas disculpas… Ahora hay un Máster de radio con su nombre y una placa. Los niños y las niñas bien que estudian periodismo en la privada pagan por hacer prácticas en la silla del rey de la radio fallera. Como diría mi amado Hubert SelbyJr. He tenido una vida realmente, muy literaria. En 2002, Selby entregó a la imprenta su último trabajo, porque ya no tenía vida pública. Atado a un tubo de oxígeno, había dejado de dar clase y padecía una terrible depresión. El bueno de Selby murió en abril de 2004 por la jodida necrosis pulmonar crónica, que soportaba, desde sus tiempos mozos en la marina. Curiosamente, Hubert rechazó la morfina durante sus últimos días de hálito. ¿Entienden porque me gustaría escribir como Hubert Selby Jr? No hay escritores como él, ni los hacen ni se fabrican. Es muy difícil ver algo tan sui generis, como aquel genio. Recordaré aquella reseña que escribió para L.A. Weekly: “Lo extraño, en realidad, es que todavía estoy vivo, y que periódicamente puedo publicar un libro. Creo que tiene que ver con aquella sentencia de muerte que me dio el médico cuando era joven. Que se vaya a la mierda, pensé entonces. Nadie me dice lo que tengo que hacer”. Durante estos 6 años, el IBP, en realidad se le debe al coraje de una mujer extraordinaria, que me empuja a ponerme delante del ordenador. Aunque, sea en una silla de ruedas. —Escribe, Jon. —No cielo, yo no soy escritor. Para ser escritor se necesita el arte de la disciplina y la técnica. Y yo nunca he sido disciplinado, aunque tenga mucha técnica. Está claro que soy una causa perdida. No tengo miedo a la muerte, sólo a no verte nunca más. Eso si que me da auténtico miedo. Aquí me he sentido libre y escribo cuando puedo, sin presión. Escribo de lo que quiero, siempre con el cine por delante. El dinero, nos da la libertad, para elegir ser muchas cosas. Lo peor, es tenerlo y no tener salud. Es obvio, cuando no tienes un céntimo no haces la declaración de la renta. Por cierto, no le den un like, al post. Pues, me importa un pimiento, Mr. Like. Y todos sus negocios de venta de datos; cuando cagamos, follamos, nos cepillamos los dientes o nos vamos de vacaciones. ¡Qué le den a Mr.Pulgar! Empero, si les ha gustado mucho, tendré que seguir escribiendo hasta que me encuentre en un bar muy canalla con el karma de Selby Jr. Palabra de cardiopata.








                                    Dedicado a Steven Bochco diciembre 1943/abril 2018 In Memoriam





Fotogramas adjuntados


Hubert Selby Jr: It/ll Be Better Tomorrow (2005) by Michael W. Dean& Kenneth Shiffrin
The Big White (2005) by Mark Mylod
Man of a Thousand Faces (1957) by Joseph Pevney
I love You Phillip Morris (2009) by Glenn Ficarra& John Requa








               

Amul Kapoor, el slumdong que soñaba con Bollywood







Amul Kappor es un chaval de 10 años que sobrevive en Dharavi, el barrio más grande y pobre del Indostán. Cerca 175.000 hectáreas de tierras pantanosas viscosas y pegadizas, pises por donde pises. A unos cuantos kilómetros, de las zonas turísticas de la ciudad, dirección norte se atisba el paraje. Un caos de desagües abiertos, chozas con techos de estaño y callejuelas con forma de flaquísimos pasadizos zigzagueantes. En uno de esos chavolos viven lo que queda de la familia Kapoor. Falak, el padre, un hombre de 39 años, con aspecto de cincuentón y típico mostacho con una mirada en la nada. Sus hermosos ojos negros brillan de sufrimiento e impotencia. Todos los días, comienza el mismo ritual —al lado de su hijo— en ese mar de basura y suciedad. Dos más, de ese millón de personas, que trabajan como esclavos para sobrevivir. Pues, no saben ni conocen, eso del placer de los occidentales humanos: disfrutar la vida. Aquí la vida es así. En el barrio, de los llamados Slumdong (perros rabiosos) —apodo, que  detestan— pero que terminan aceptando, en un nuevo arrebato de resignación impuesta por el feroz capitalismo que se respira en la megapolis de Mumbai. La metrópoli de Dharavi es el destino de los últimos desahuciados de verdad del planeta y no esos pobrecitos enojados occidentales con cámaras digitales y truños de Mediaset. Hoy es un día de julio, infernal, la temperatura marca más de 45 grados. Esta semana se convertirá en la auténtica fragua de vulcano. A ello, le sumamos, la maldita humedad y el fango que envuelve a Falak y el pequeño Amul. Unas caras que parecen de cartón piedra espolvoreada de ceniza hasta la cejas. Pasa el día hasta que el sol se marcha. Los días son calcados hasta llegar al chamizo y poder beber algo de agua que supura del colector principal de la ciudad. Un lugar tan extraño, surrealista y trastornado como los miles de intocables musulmanes, tamiles, bengalíes y toda la jarcia de representantes de la India pluricultural que desde la esplendorosa Mumbay, en los parqués de los barrios, chic juegan al Cricket y ríen en 4K. Hasta el espítico Danny Boyle hizo su gran película que lo beatificó a los altares del séptimo arte. ¡Qué más da, si todo sigue igual después de su paso, por aquel dantesco lugar! Dharavi es una puta ratonera, donde los humanos pelean contra los roedores por un chusco de pan; que llevarse al estómago. Una zona donde la pobreza es patética y la climatología malvada. Inundaciones que cuando llegan les dejan sin ningún harapo. Aquella fértil marisma de finales del S.XIX —hoy un mar de lodo y miseria, tras consecutivos cataclismos medioambientales— lo habitaban pescadores Koli, los cuales, terminaron abandonando lo que en un tiempo fue un lugar lleno de vida fluvial. Ahora es la tierra de todos esos parias que sueñan con ser protagonistas del utópico Bollywood Made in India. Películas que ven—Falak y Amul— en el móvil, descargadas destrangis, soñando con ese día, en el que Amul se convierta en un bello galán bailarín. Empero, últimamente, el trabajo cuesta sacarlo adelante. Además, esta metrópolis de la cochambre funciona sin dinero (verdad a medias, gran mentira) pero también sabe cómo manejarlo. Y evidentemente, un buen fajo de billetes puede ser la salvación para salir de ese atolladero. Su padre está muerto de cansancio y hambre. No puede alimentar a su pequeño, Amul. De lo poco que tenemos hay, apenas para uno. Fuera de mi ventana, oigo que la puerta del cubil se abre y se cierra por la noche. Su cabeza cabila, no deja de pensar lo mal que lo paso ayer, cuando Amul casi se ahogó en el río. Él, no está fuerte porque no come. Todo lo que tiene son unos putos garbanzos podridos y una bolsa con cuatro lentejas. Su estómago está hinchado. Falak se haya en un estado de desesperación inquietante. No por ello deja de observar el Hotel Kuthoop, que es un chamizo con somieres de cuerdas rotas. Donde se acercan a media noche, unas mujeres muy elegantes y con maletines de colores. Su curiosidad, le lleva a preguntar a un amigo del barrio (el dueño del locutorio Balum): ¿Quiénes son las chicas que pululan por el Kuthoop?—No lo sé, Falak. Aquí ya sabes que todos nos dedicamos a la misma mierda; el plástico. No obstante, habla con el recepcionista, a ver por dónde te sale… Falak se presenta en la puerta del hotel y le entra directamente al supuesto recepcionista, que lee en su móvil y se refresca con un viejo y destartalado ventilador.—Oye, sabes quienes son esas mujeres tan guapas. —Yo, no lo sé. Pagan y adelante. Falak hace una mueca, como si fuera de farol en el póker… Pone un billete de 20 rupias en el mostrador y el tipo sonríe —De verdad, qué no te suenan de nada?—Hace mucho calor y uno esta despistado. Falak deja otro billete de 10 rupias.—Yo creo que hace mejor temperatura aquí el mostrador que en la calle—Sí, amigo. La verdad que esto chorrito de aire hace que uno respire mejor… (Sonríe con cara de avaricioso) Falak, insiste.—¿Quiénes son esas chicas tan majas?—enfermeras.—¿Enfermeras?













Qué curioso ver enfermeras por este noble barrio—El recepcionista esboza una carcajada—Sí, si. Amigo. Este es un lugar con clase. ¿Y qué hacen a estas horas?—No tengo ni idea, pero te puedo dar un número de teléfono y llamas, a ver que te dicen... Es algo muy interesante pero tienes que hablar con el que está detrás de ese móvil. Falak ciñe el rostro y resopla—Pregunto por alguien. —No hace falta, pero como has sido una persona muy atenta, puedes decirle, que vas de parte de Babar. Falak, se lleva el papel, donde le ha apuntado el número de teléfono y se marcha. Babar le espeta:—Buenas noches, amigo. Falak levanta el brazo con desgana mientras su espectro sombrío se pierde por los pasadizos del sitio. De vuelta a su cubil. Cuando llega al chabolo se queda observando a su hijo y mira el número que le apuntado el recepcionista. La noche ha sido soporífera y el alba está a 32 grados. Comienza la rutina de un nuevo día en la jungla de plástico de Dharavi. A recoger todos los envases de polivinilo que se encuentren y trabajar en el batán del jabón. Amul sigue medio hipóxico y deshidratado. Su padre le da de beber de una botella rellenada de los colectores. Y le echa un poco por la frente y la nuca. Falak es un hombre desesperado. Hasta que decide retirarse de la jabonera y cambiar el plástico por un poco de arroz, unas naranjas y algo de pan. Tiene que sacar fuerzas y arrestos de dónde sea. Amul, es su única razón de vivir. Finalmente, la naranja y el pan parecen subir el azúcar a los órganos vitales de su hijo. Incluso sonreír.—Estás mejor hijo?—Sí, padre. Me encuentro mejor. —Bien, quédate aquí descansando que yo vendré en una hora.—Pero, padre, ya puedo ir con Ud. y trabajar.—No, Amul, hoy descansaremos los dos.—Cómo Ud. diga padre. Falak se marcha, al locutorio, donde está su amigo, Balun. Éste, le comenta, que tal le fue en el hotel y Falak, le cuenta lo que le dijo el recepcionista; Babar. Balun—No sé, Falak, pero a mí me da que la gente está vendiendo riñones—¿Riñones? —Sí, amigo. Riñones. Una prima mía que trabajaba en el Cairo, la tenían esclavizada y la única forma de salir de allí era dando un riñón. Así consiguió el pasaporte y 200 dólares, volvió a Mumbai y trabaja de camarera en el Sheraton. Eso, sí. Ha envejecido mucho y toma un montón de medicamentos…—Entonces, está claro que las enfermeras llevaban en esas maletas riñones… ¿No?—Riñones u ojos, incluso un hígado. Somos material reciclable como este terrorífico sitio, donde vivimos. Falak mira al cielo y le dice a Balun. Mira, amigo, no sé cómo va a salir esto. Pero si a mí, me pasa algo, encárgate de que Amul pueda salir de este lodazal. Balun pone una cara muy tensa y asustada (demasiado teatral)—Falak, piénsate bien lo que vayas a hacer. Ya lo hemos hablado todo. Falak llama al número de teléfono desde un chamizo donde canjean llamadas por plástico o jabón. Le dan un viejo Nokia de 2001 color rojo, a manchurrones y llama—Diga…—Llamaba para hablar con alguien—Muy bien. ¿Quién te ha dado este número?—Babar el recepcionista.—Perfecto. Tienes que venir al hostal pero por la hilera trasera del sitio. A las 20,00h. Falak vuelve a su pequeño antro a ver a su hijo. Allí está viendo una película en un pequeño televisor reciclado de la basura de una superestrella de Bollywood. Está fascinado con ella. Amul, ¿Cómo estamos? —Baja el volumen y rápidamente, contesta—Muy bien, padre. Ya estoy mejor. Con ganas de trabajar y hacer lo que Ud. Me diga. Bien, hijo. Mira, yo esta tarde/noche he de hacer unas cosas. Tú quédate aquí. Y no te preocupes por nada. Cuando tengas sueño, te acuestas. Falak le da un fuerte abrazo y un beso.                


                               20h PM En el pasadizo de la puerta trasera del Hotel Kuthoop


Falak apretaba las manos, se las frotaba y se las pasaba por la cara. Todo era un puro ejercicio de nerviosismo, mientras esperaba al hombre del teléfono. De repente, apareció un chaval, no mucho mayor que su hijo y le pregunto:—Es Ud. Falak?—Sorprendido y extrañado por el desparpajo del chaval. Nuestro atemorizado Falak hizo un movimiento de cabeza afirmativo. El chaval le invitó a que le siguiera. Aquella criatura se desenvolvía con la rapidez de un joven galgo y sorteaba los obstáculos. Vamos! Rápido Sr. ya queda menos. Falak entre el sobresalto y la ansiedad de una noche más agradable, en aquel basurero de los pasadizos de Darhavi, invitaba a inhalar los más pestilentes efluvios del maldito infierno. Llegando a uno de los ensanches del final del mastodóntico barrio, se acercaban a una zona donde la tierra se mostraba más firme y la noche se tornaba más oscura.












Falak, le preguntó al chaval,—Cómo te llamas? No le contestó. Sólo le dijo, Adiós! Sr. Y a los tres minutos aparece un monovolumen SsangYong muy nuevo. Se abre la puerta corredera, dando el golpe del torno picaporte. La puerta de al lado del conductor también y baja un tipo de rasgos chinos. Le invita a que suba al vehículo. Falak se dirige al vehículo y entra. Allí está sentado, un individuo calvo con aspecto arábico. Le saluda, dándole las buenas noches. —Hola, Sr. Falak. Yo soy el hombre del teléfono. Siento mucho el trayecto que ha hecho hasta llegar a mí, pero como bien sabrá… Nosotros no podemos entrar con el monovolumen hasta la puerta del hotel. Falak observa que al lado del personaje hay una mujer muy atractiva con rasgos occidentales. Detrás un joven hombre con semblante egipcio y dos bellas mujeres hindús. Piensa, y se dice a sí mismo, son las enfermeras de las que hablé con Babar. Ahí, sentadas muy elegantes y discretas en la densa oscuridad del confort del cuero baccara de los asientos.—Bien, ¿qué quiere Ud? Sr. Falak. —Falak Kapoor. Deduzco que parece un hombre sensato e intuitivo. Falak, le espeta: buenas noches, Sr…—Dejémoslo en el Sr. Alfa. Pues, sí. Creo que Uds. necesitan algo que yo tengo y Uds tienen algo que necesito.—Sonríe el trajeado con gesto de Emir. Sí. Así, es.—Miren yo necesito dinero, ya. Quiero marcharme de este lugar y que mi hijo pueda tener un futuro en la city de Mumbai.—¿Cuantos años tiene su hijo?—Molesto, Falak. Le dice: 10.—Evidentemente, mucho por recorrer y ver. Respiro hondo el Sr. Alpha y le propuso lo siguiente. Yo compro órganos—especialmente— riñones. Ya que todo ser humano con buena salud tiene dos. Con un riñón se puede vivir y otra persona puede también estar en este mundo. Falak con la mirada fija, en los ojos del arábico.— ¿Cuanto vale un riñón para Ud? Yo no sé lo que vale un riñón! —Tornó un gesto de enfado. Yo sí que le puedo decir que a la gente, la cual, represento: lo que pagan por un riñón sano. Es decir, a cualquier persona de este país.—¿Cuánto? Algo cínico. 200.000 rupias. —Cerró los ojos y le vino la imagen de su hijo.—Sí. Adelante. Bien, aquí tienes las condiciones del contrato y tus obligaciones.—¿Obligaciones…?—Sí, una pequeña analítica para ver que estás bien y el test de compatibilidad inmunitaria. Una vez salgas del quirófano pasarás 5 días en la cama y después, si te encuentras bien te marcharás, con 200.000 rupias, Eso es todo.—¿Tienes alguna pregunta?—¿Son buenos cirujanos quienes harán esta intervención?—Por supuesto, trabajamos con los mejores medios humanos y técnicos. Ya verás la clínica y lo dicho, todo será muy rápido. Ahora, ponte cómodo en el auto y nos vemos en el chequeo. Una de las hermosas enfermeras le dio una pastilla y Falak cayó en un profundo sueño. Cuando despertó estaba en una habitación, tumbado en una cama enrobinada y con unas esposas cogidas a su brazo derecho del cabecero. Vino una enfermera de aspecto occidental y le dio otra pastilla.



                                                                   Una semana más tarde en Darhavi       


El día levanta a la plásticopolis de la bulliciosa Mumbai. De nuevo el tórrido calor. Ni una brizna de aire que sople, para aliviar el rancio olor de los cuerpos sudorosos. Amur se levanta. Come algo de avena, un par de almendras y poco de leche agria. Antes de volver al tajo, mira en su teléfono la fotografía de su padre y besa el gif. Caminando primero a la jabonería y luego a por plástico para hacer utensilios que vender a los turistas. Está triste, porque su padre era todo lo que tenía. Su madre y sus dos hermanas murieron en los raíles del tren después del trágico accidente en 2007. De fondo se ven los nuevos rascacielos del capitalismo pujante de una de las metrópolis más importantes del mundo. La verdad que en este lugar hay algo de vieja película. Ese momento, de destino perdido en un país de salvajes contrastes donde la civilización no es más; que una caricia sobre arraigadas costumbres ancestrales. De algún modo, los zigzagueantes pasadizos es el corazón del hogar de Amul Kapool. Cuando al salir de la jabonería con una saca de trozos de sebillos reciclados. Le llama un hombre. ¿Amul? Eres el hijo de Falak Kapoor.—Sí, lo soy. ¿Sabes quién soy?—Ahora que lo recuerdo es Ud. Balun el dueño del locutorio del barrio.—Ese mismo, hijo. Mira Amul, tengo que decirte que tu padre está muy bien.—De verdad. ¿Dónde está?—No muy lejos. Pronto tendrás noticias de él—Sí. —Además, serán de su propia voz. Yo sólo quería darte una cosa que él me mandó al locutorio. Saca un sobre del pantalón salwar y se lo entrega.—Toma hijo, esto es para ti.—Gracias. Amul, se lo guarda en el interior de su bajo vientre. —Bueno, ya nos vemos con tu padre. Y hablaremos de cine y esos planes.













Me ha dicho, que eres un gran entendido (sonríe con una mueca hipócrita). Amul, gira la cara y alforza el cejo —Si necesitas, cualquier cosa… Bien, ya sabes dónde estoy.—Muchas gracias, Sr. Balun. Adiós, y suerte. Amul vuelve al chavolo. La jornada ha sido muy dura y después del encuentro con el personaje Balun; está alterado y angustiado. El hecho de pensar que su padre está vivo y que—supuestamente— se reunirá con él; crea un gran estado de excitación. Se sienta en el catre y saca el sobre que le ha entregado, el funesto Sr. Balun. Lo abre y se encuentra con 10.000 rupias. Rápidamente, coge los billetes y los esconde en un bote de plástico de paracetamol vacío. Amul tiene para cenar un poco de pollo seco y una pizca de arroz con medio vaso de zumo caducado, que ha conseguido a lo largo de la semana, en el trapicheo del barrio. Sin embargo no tiene mucha hambre. Se acuesta y vuelve a encender su escacharrado móvil; mira la foto de su padre y no puede evitar llorar. Pasa el tiempo y la ligera brisa que sopla estas últimas noches, apacigua un poco el bochorno irrespirable e invitan al descanso. Amanece un nuevo día en Daharavi.  Todo vuelve a ser como el montaje de una película de Fincher. La monotonía del movimiento: el aseo, en uno de los callejones, sigue la mecánica del desayuno. Igual que ayer, anteayer y antes de ese anteayer. Los días son idénticos en la fragua de plasticolandya de los parias de Mumbai. Amul vuelve a hacer su recorrido. Ahora se acerca para esperar la llegada de los turistas y vender algo de artesanía reciclada del polivinilo que recoge en el hiperbasurero. Vuelve a la jabonería y echa unas cuantas horas en el batán. Cuando va a recoger su ración de trozos de jabón, escucha un gran bullicio de gente. Hay muchos policías en medio de uno de los recovecos del barrio. No puede ver lo que ocurre. Hay demasiada gente amontonada viendo el suceso. Al final se escurre entre las piernas del personal y descubre un cadáver con una sábana entreabierta. Observa que tiene una gran cicatriz en el pecho y otras dos laterales. No tiene ojos y está completamente rígido. En su cara se observa un bigote muy característico. Entre la multitud, hay dos personajes, conocidos para Amur. Uno es Balun, con el que estuvo hablando ayer y le lisonjeaba con todos sus sueños. El mismo que el entregó las 10.000 rupias. Al lado de él estaba, Babar, el siniestro recepcionista del hotel Kuthoopp. Sigue observándolos y se da cuenta que ellos se dirigen juntos, a uno de los ondulados callejones del barrio. Amur está escondido entre los montones de basura del chiringuito de comida ambulante y escucha. Bueno, Balun, Falak está en el otro mundo.—Con cierta dosis de descaro. Éste le responde;— la vida, es dura amigo. Aquí tienes tu parte… ¿Quieres contarlo?—No está de menos. —sesenta, setenta, ochenta…, y noventa y cinco mil rupias. Es correcto. Amigo, Balun, encantado de trabajar contigo.—Igualmente, Babar. Ve con Dios. Adiós! Amur se queda completamente roto. Descolocado y cataléptico. Se siente el niño más tonto de todo Daharavi. Intenta caminar hacía el chamizo. Le tiemblan las piernas, cuando vuelve a ver a mucha gente en la puerta del chiringuito del marroquinero. Tiene un TV, donde habla el presentador más importante de los informativos y comenta lo siguiente: Hoy ha aparecido el cadáver de un hombre en el vertedero del barrio de Daharvi. Al parecer, el hombre estaba muerto desde hace 3 días. Le habían extirpado sus riñones, el páncreas, el hígado, el corazón y sus ojos. La jefatura criminal de Mumbai ha detenido a toda una red de mafiosos que estafaban a pobres hombres y mujeres honestas por cantidades de dinero que nunca llegaban a cobrar. Alguos de ellos residían en el mismísimo barrio. Tambien, se están llevando a cabo las tareas de identificación del cadáver, por si alguien de Daharavi, pudiera dar alguna pista del fallecido. El forense, sólo puede aseverar que era una hombre de aproximadamente unos 40 años. La investigación ha dado con la clínica Ganesh, en Bangalore, donde se llevaban a cabo. El jefe del servicio de cirugía plástica; el Dr. Mehta. Era el encargado de las operaciones de trasplantes junto a su equipo habitual de trabajo. El entramado llegaba hasta Israel, Turquía y Egipto, donde la gran demanda de gente potentada de Emiratos árabes eran sus clientes habituales. Incluso entre la frontera de la India y China, había una ruta de aprovisionamiento de órganos que vendían los campesinos que no tenía nada, con lo que sacar adelante, a sus familias. Bien, y ahora, otras noticias. Es viernes y hablamos del estreno de una de las grandes películas de este año “Toilet” Ek Prem Katha (2017) con la superestrella de nuestro cine Akshay Kumar. Les dejamos con la entrevista para nuestro canal Doordarshan TV. Amul Kapoor se marcha hacia su chamizo, completamente destrozado y envuelto en lágrimas. Mañana sale el sol, en el infierno de Daharavi.



                               


                                                                                     FIN









                       Dedicado a Jorge Wagensberg diciembre 1948/marzo 2018 In Memoriam






Fotogramas adjuntados

Apajarito (1956) by Satyajit Ray
Negocios Ocultos (2002) by Stephen Frears
Mahanagar (1963) by Satyajit Ray
Traficantes de órganos humanos (2012) by John Gabito Angel









                                                         






                 

“El hombre que plantó Marihuana, tuvo un aborto y quemó una imprenta”







Jeremías Rojas era un hombre lleno de ilusiones y esperanzas que se quedaron convertidas en tristes cenizas de crematorio esparcidas por un desbocado viento de abril. Todo aquello por lo que luchó, deseó y amó había desaparecido. Toda su vida se desvanecía como el pestañeo de un espejismo en el desierto. Poco quedaba de aquel chaval nacido, en un pueblo, de la frondosa sierra extremeña. De sus sueños de infancia. Su actitud laboriosa y solidaria en el colegio. Y es que el mayor anhelo de Jeremías Rojas estaba en un pozo negro, oscuro y lejano. De aquella frase del profeta Muhammad (mensajero del Islam) sobre las bondades de una expresión archiconocida: “plantarás un árbol, escribirás un libro, y tendrás un hijo”. Era una interpretación occidentalizada de una letras que citan, textualmente, estas palabras: “la recompensa de todo trabajo que realiza el ser humano, finaliza cuando este muere, excepto tres cosas, una limosna beneficiosa, un libro de conocimiento y un hijo piadoso que vigile por el alma, de su padre, cuando este ya no viva”. Nociva interpretación y tremenda desazón con el paso del tiempo. Cuantas veces, le pasaba por su cabeza, el revivir del viejo afán. Engañado y con aroma a fraude, llegó a maldecir mil veces al jodido profeta y sus frasecita. Ni árbol, ni puto libro, ni biberón de turno. Jeremías Rojas trabajó como un cabrón en una cadena de comida rápida, y en cuanto terminó la carrera comprobó; que sólo la preparación de oposiciones podrían darle un empleo —de por vida— como profesor de lengua. No tenía ese tiempo, ni ganas para seguir estudiando, luego aprovecho su atractivo físico para trabajar como modelo de catálogo de supermercado. Ni su avispada inteligencia y generosidad de cofradía. Ni su alto bagaje cultural —no en vano estudio filología— aunque, nunca exprimió el potencial de su preparación. Todo fue en vano. Hasta que unos tipos (de origen neerlandés) que conoció en la agencia de modelos, le invitaron a una zona del sur de España, y le mostraron —en situ— un campo repleto de plantas de marihuana. En ese instante, le vino a su mente la cara de su hermosa mujer, Adriana. Una joven de facciones muy marcadas, rasgos eslavos —era originaria de la bella Moravia— de unos intensos ojos azules algo estrábicos. Pero de mirada cautivadora. Aquellos carnosos labios, pómulos rosados y una delicada barbilla: impresionante. Era tan hermosa como un atardecer de verano en Tánger. Jeremías Rojas conoció a Adriana en el restaurante de comida rápida, mientras le servía una hamburguesa. Adriana estaba estudiando Historia del Arte, a través, del programa Erasmus. Se quedó eclipsado por su rostro y en menos de tres meses ya estaban casados. Eran tan felices. Además siempre contó con el beneplácito, en las decisiones difíciles de Jeremías. Fue la época, en donde, optó de lleno, por su introducción, en el cultivo extensivo de marihuana. Adriana, nunca lo puso  ningún impedimento. Invirtió todos sus ahorros. Ahora era el encargado de todo lo cultivado, en aquella enorme extensión de terreno. Así como del cuidado y la recolección de las plantas cannabicas, dueñas de un profundo verdor y, si cabe, un perfume más profundo, en los días de cosecha. Se convirtió en todo un experto. Dominando las técnicas de floración del producto, manufacturación de las semillas, proceso de regadío y protección de los ricos cogollos bien llenos de resina. La recolección del producto y el control de secado. Las cosas iban sobre ruedas. Aquel lugar estaba limpio de sospecha y muy bien integrado en la zona de cultivos tropicales del entorno. Mis relaciones con los agricultores y gente cercana; eran excelentes. Me tenían por un exportador de frutas exóticas que servían para blanquear parte del terreno dedicado al negocio del cannabis. Todo era demasiado bonito. Adriana, tenía lo que quería; a mí. Además, si necesitaba cualquier cosa o capricho de turno, sabía que le sobraba dinero o tarjetas de crédito. Lo dicho, era muchísimo mejor que plantar un cerezo, en el huerto de un chalé. Era realmente fascinante contemplar la felicidad de Jeremías Rojas; el hombre más feliz, encima de la tierra. Empero la mejor noticia, llegó tras una cena en un exquisito restaurante vasco. Mientras nos deleitábamos con el vino de la tierra y unos pintxos de aperitivo. Me dijo que estaba embarazada. Me quede del revés. Estaba tan contento que me temblaban las piernas, porque no sabía si saltar de alegría o empezar a pagar copas, al resto de los comensales.














Le di un beso en los labios y le dije; eres una bendición, amor mío. Sentía como —tras años de oír del verdadero amor— esa auténtica sensación, se manifestaba, con toda su belleza y grandiosidad, al verlo delante de mis ojos por primera vez. Sentía un vértigo inexplicable y sólo pedí que nos dejará ahogarnos en su inmensidad. Un bebé Rojas Ivanovic´ estaba por llegar. Sólo quedaba irnos a la playa y bañarnos en la inmensidad de las olas, o mejor dicho, que el tiempo se parase para siempre. Mientras nos besábamos con la misma pasión que B.Lancaster y D. Kerr. La vida nos sonreía de un modo, que jamás lo hubiera imaginado, en el mejor de los escenarios posibles. Pasó una estación y media: estamos en otoño. Mientras, andaba preparándome con gran donaire. La noche atrajo a la tormenta y la fría lluvia; pareció traer el temporal al dormitorio de nuestro apartamento, Adriana se había echado una cabezada por la tarde y se despertó con fuertes dolores. Decía que sentía una sensación de pinchazo constante, de un modo desgarrador.En las sabanas Bassetti de tonos azules y blancos cenefas resaltaban, como un golpe de dripping de Pollock, las pequeñas manchas de sangre que había dejado. Al marcharse al baño a lavarse. Le dije que lo dejara todo; que nos íbamos de urgencia al hospital. Una vez en la puerta del centro médico, Adriana, no paraba de llorar y espetaba:—No siento a Eric, no lo noto. En la camilla, el dolor se había agudizado y sentía fuertes calambres. Le cogí de la mano, pero se soltaba, llevándosela a la cara. Era un panorama desolador. Adriana estaba en la semana número 22, de gestación, camino de cumplir el sexto mes. Me acerqué a darle un beso y ella envuelta en lágrimas, me decía: —Jeremías el bebé no está bien. Se nos lo están llevando—Tranquila, cariño. Todo saldrá bien. Ipso facto, la camilla fue llevada a toda velocidad —directa— a la zona de quirófanos de maternidad. La obstetra de guardia me informó, que había unas pequeñas complicaciones, y posiblemente, habría que hacer una cesárea. No podría decirme nada sobre el bebé. El corazón se me quedó en un puño. Tragaba saliva y me maldecía hacia dentro. No me lo podía creer. ¿Por qué, cojones? ¿Cuál era el porqué de toda esta pesadilla? Me consumía por dentro. Además, no pude entrar al paritorio, pues, esgrimieron el agravante de intervención compleja. Sólo me dijeron —que en ese momento— Adriana estaba completamente anestesiada. Parecía que la intuición de mi esposa daba visos de una realidad trágica. No lo entendía, y si quería entenderlo. A lo largo de los últimos meses, todas las ecografías estaban normales. El bebé, se veía perfectamente, quedaba muy poco. ¿Qué estaba fallando? Dentro, del quirófano se estaba intentado reanimar al bebé. Había nacido sin pulso. Todo fue muy rápido, pues para evitar complicaciones, a Adriana, como la no salida del feto—sin latido— podría haber liberado sustancias inflamatorias y posibles riesgos de infección. Así, como de una mala coagulación. Cuando entré en la habitación, una vez que pasó a planta e informado de todo el proceso. Pude ver a Eric. Era tan pequeño y ya tenía unos rasgos tan humanos. De un ser hermoso, casi hecho, era nuestro bebé. Me quedé con la cabeza entre las piernas llorando y posteriormente, firme el acta del exitus. El trato por parte del equipo médico —conmigo— fue impecable. Pero, por razones obvias, ya no a sería posible ver a Eric. Una vez que, despertó Adriana, se tocaba su vientre y notaba los enormes apósitos que le habían colocado tras las suturas. Me preguntó—¿Jeremías dónde está mi Eric?—Adriana, Eric...(tremendo nudo, en la garganta) Se ha marchado. —Qué cojones y leches, se ha marchado! ¿Dónde está mi hijo?(chillaba como una posesa)—Tranquila, corazón. No pasa nada. Yo lo he visto y se ha ido. Adriana, comenzó a lanzar diatribas en checo. No entendía nada (pero tenía muy claro que se estaba cagando, en mi familia, en todo el equipo médico y hasta en el rey de este país) —Por favor! Déjalo, estás muy débil y confusa. Ahora ponte buena y ya hablaremos cuando el tiempo nos dé fuerzas. —¡Jeremías, exijo ver a mi hijo! —Va a ser imposible, cielo. — ¡Quiero que me lleven al depósito!(gritaba)—No, no lo hagas.—A partir de ahora, no me digas lo que he de hacer.—Adriana (envuelta en lágrimas)—Vete, Jeremías. ¡Márchate de aquí. No quiero verte. Vete, vete, lejos! Una enfermera me preguntó si me encontraba bien. Y si todo estaba O.K.—Dije, que sí. Completamente hecho trizas. Salí de la habitación con el corazón a pedazos. En la calle llovía cántaros y no tenía paraguas. Me fui al parking del complejo médico y busqué mi auto. Sonó, la alarma y me introduje en él. Una vez dentro, cogí un kleenex y me sequé, el charco de lágrimas que cubría mi rostro. Arranqué el coche y desaparecí en la solitaria carretera del autopista camino hacia el sur, mientras la inmensa tromba de agua seguía siendo mi acompañante más cercano. Los parabrisas, a modo de manos que pasaban páginas de guion, a toda prisa, quitaban la majestuosidad de la potente lluvia.













Dos años más tarde...



Adriana mi esposa, se marchó a la bella Moravia, a la casa de sus padres. Su madre había fallecido de un ictus hacía un año y su padre estaba muy afligido. La vida en Olomouc era muy diferente a la de Málaga y mucho más, a la de Madrid. Seguía con su duelo y calvario particular. Despertándose, en mitad de la noche, llorando a causa de la perdida de nuestro bebé. El trauma persistía y la imposibilidad de haberse despedido de él, cuando estuvo en el hospital, hacía mayor mella. En sus sueños más terroríficos la imagen de un Erick malformado con aspecto de bicho versus Alien, le atormentaba y perseguía. El horror era su nueva compañía en el frío invierno de la Moravia checa. Cuidando de su padre y siendo tratada por un especialista en psiquiatría pediátrica. Yo hablé una vez por teléfono, pero no quería saber nada de mí. Nunca me pidió el divorcio. Era una actitud tan indolente, tan de la vieja Centroeuropa, entre lo kafkiano y lo triste de esos personajes complejos de Kundera. Pasaba de todo lo que nos unía. El día que perdimos a Eric, nos perdimos de por vida. Mientras tanto, la vida en Málaga, continuaba. Yo seguía adelante, intentado olvidar y creyendo en lo que hacía. La vida es así de puta, cuánto más hay, a ella le gusta ponerse peor. Había continuar y el show debía de seguir en marcha. Evidentemente, con una espina de ballena, en el corazón. Empero, quería seguir llevando el tren de vida, en el que me había subido. Mi misión era cultivar el mejor producto y vender cuanta más cantidad mejor. Y es así, el capitalismo es como cuando te encuentras con alguien ninfómano y necesita más. Ahí estaba yo, vender y vender, era lo que mejor sabía hacer. Y es que si de algo, me podía consolar, era que a mi hijo Eric, no le faltaría de nada. Esto que digo no es vanidad, ni que tuviera un repentino empacho de ego. Tenía mis defectos, como todo el mundo, pero en lo que a los resultados de mi trabajo se refiere, mandan los fríos y sinceros números y estos me cuentan que sí. Jeremías Rojas es uno de los mejores individuos de este negocio en el mundo. De que servía mi impoluto bachillerato, el paso por la universidad o mi portentoso físico, que ya quisiera algún veinteañero, poseerlo. De mis bellos ojos azules o los 185 cts. de altura y mis putas espaldas hercúleas. Había perdido a mi esposa y lo más importante: mi hijo. De momento, el árbol, tendría que esperar y el hijo, no sé…, que le pregunten a P.D. James. Yo seguía a lo mío y de paso, me quitaba la ansiedad fumando la mejor marihuana del mundo.Terminó el invierno, sin noticias de Adriana. Yo seguía con mi monótono ritmo de vida. Eso sí, casi a modo de anacoreta. Cuando, llegué, al Garden de la plantación. Me llamo mucho la atención la soledad del complejo. Apenas coches y tan siquiera, vecindad a quien saludar. De repente, me veo a cuatro agentes de la Udyco, diciéndome; ¡Policía antidroga! ¡Manos en alto y al suelo! Cuatro coches de la secreta y dos furgonetas con efectivos de la policía nacional. Rápidamente, me levantaron y me dijeron que estaba detenido por el cultivo de cannabis, la elaboración, tráfico ilícitos y la posesión —con estos fines— de drogas tóxicas, estupefacientes y sustancias psicotrópicas. Así como otras supuesta actividades y un larguísimo etcétera,   fueron leyéndome mis derechos y colocadas las esposas. Una vez dentro del coche de la secreta fui directo a la comisaría central de leganitos en Madrid. Ni siquiera, fui a la comisaria de la provincia, donde, supuestamente plantaba mi árbol de la vida. Hice unas llamadas, una de ellas, a mi abogado y otra a Adriana (la cual, apenas se inmuto. Era como hablar con un ataúd). Se personó mi abogado, y otro, con un traje impecable, que pertenecía al bufete de mis socios de los Países Bajos. Tras un proceso de filiación y fichado en la comisaria. Pase un par de noches en el calabozo. Y cuando salió la vista para la fianza, pude salir a la calle, en libertad provisional hasta la espera del juicio definitivo. Al final, el abogado de la corporación de cultivos y semillas —del clan holandés— sacó una condena generosa y terminé en la cárcel de Herrera de la Mancha, por un periodo de 24 meses y un día. Y les voy a decir una cosa. Todos esos días a la sombra dan mucho para pensar. Por la noche, éste, es un lugar curioso, hay un hombre en la litera de enfrente que comienza a llorar. El vecino del catre de arriba espeta:—Aquí, chavalote, he visto llorar a demasiados tíos duros y curtidos en mil peleas. De esos que intimidan. De los de verdad. Esto no es una peli sobre el talego. Esto es la puta realidad… Ya lo me contarás. Sin embargo, en este sitio hasta las almas más fuertes se rompen. 










No imagino a nadie capaz de resistir a la locura que envuelve esta monstruosa construcción, esta terrible prisión, este infierno que ha sido erigido expresamente con gotas de odio. Aquellos ladrillos del pabellón de enfrente. Las piedras en que, yo estoy, tan solo es un lugar más de mi vida. Ese sitio donde habitan las mismas pesadillas de antaño. Los días se hicieron cansinos y lentos. Dos inviernos por delante y un segundo otoño, donde, ya estaría fuera. No quería problemas con nadie. La celda en la que yo estaba, la compartía con el viejo Hans—el mismo que me decía lo que era este lugar—por robo a mano armada y homicidio. Era un tipo holandés de unos 55 tacos que conocía muy bien el país. Hablaba un español pluscuamperfecto. Luego, estaban dos hermanos argelinos, Ali y Karim. Estaban condenados por tráfico de estupefacientes (20 kilos de hachís) y homicidio accidental. Eran muy reservados y demasiado religiosos. Nunca tuve problemas con ellos. Un día, el director de la prisión se interesó por mí. Sorprendido de mi licenciatura en Filología, pero, aún más, al comprobar que era del pueblo de donde yo nací. Como el que no lo espera; acabé en la biblioteca. Además, terminé siendo, algo así como un profesor de apoyo, de lengua española, para el resto de los presos extranjeros. ¿Quién lo iba a decir? La cuestión es que la monotonía y la cercanía a los libros; produjeron en mi mente una extraña curiosidad por escribir una especie de pequeña biografía. Hans, el holandés, abandonó la celda y estuvo muy jodido por un problema tumoral. Terminó en el hospital con un trozo de intestino en la basura. Estaba al tanto de su evolución, pero aún le quedaba bastante. Los tumores estomacales nos son tibias rotas. Me quedaban tres meses para salir de aquel triste y desangelado lugar. De escuchar, lloros nocturnos, gritos, ronquidos, risas extravagantes, jadeos, folladas de turno y onanismo puro y duro. A la mañana siguiente era fin de semana y aproveché para comprar cuatro cosas en el economato. No quería, pero tenía que llamar a Moravia. Seguí teniendo, en mis oraciones y en mi retina, los ojos de Adriana. Llamé, parecía algo más comunicativa, y me puso al día de cómo iban las cosas por Olomouc. Ahora se había trasladado a vivir con una prima suya y estaba trabajando en un Aldi.  Me dijo, que estaba bien. Pero no iba a regresar a España. Le comenté lo del libro y me espetó con ese tipo acento del Este, que parecía cogérsele con más fuerza…—Por fin, lo has conseguido, no plantaste un árbol pero si marihuana, no tuviste un hijo y si un aborto. ¡Ahora escribes un libro. Qué poético! — Por favor, Adriana. Vuelve, dentro de nada estaré en la calle y podremos intentar…,—Intentar, ¿qué vamos a intentar… Jeremías? A ver, ¿qué crees tú, que vamos a hacer?—Adriana, por favor, sólo quiero verte, besarte y dormir contigo—Yo estoy muy bien, aquí. Tengo un trabajo y no quiero saber nada de ti, ni de tu país. El teléfono hizo el típico ruido de un colgado, en seco. Me quedé roto y conteniéndome las ganas de llorar. El fin de semana, fue un día durísimo. Me quedaba una semana para mi vuelta a la libertad y la aproveché para llamar a una editorial. Hablé con tal Nicolás Borrull. El tipo decía que era el dueño de Bártulos creativos SL. Bien, me dijo que le mandará el libro y valoraría la posibilidad. Pero, yo antes de todo eso, quería saber por su voz, como iba ese negocio. Ya saben, que siempre he sido un tipo de negocios. Un tipo que solo quiere hacer bien su trabajo y ganar dinero. No me importa trabajar, mientras haya una recompensa llamada dinero. Prefiero eso, que la mierda de país de mi mujer y todas las penurias que pasaron con el jodido comunismo. Sí, soy un tipo enamorado del capitalismo. Tampoco es ningún pecado.—Le dije Nicolás, esto es como funciona y así lo veo. Tú me dirás—Vamos a ver Jeremías, ya te he dicho, que nosotros hacemos una valoración y lectura exhaustiva del manuscrito y en vista de lo comprobado te damos el OK.—El OK, eso significaría que habría dinero por adelantado…—No, no. Jeremías…! Nosotros somos una editorial pequeña, trabajamos en un modelo cooperativo de coedición con el cliente.—Para, para, Nicolás. Entonces, yo tendría que poner plata en el asunto.—Hombre, todo es muy relativo…—¿Por qué no me lo envías…, yo te contesto y dependiendo de la calidad, te digo que podemos hacer? Me quedé pensativo, rabioso y un poco fuera de cobertura (tenía la imagen de Adriana, los socios del asunto de la marihuana, y en fin, me sentía muy jodido. Le dije que sí)—Vale, dame la dirección, y donde he de mandarte el original. La apunté y me fui directo a la cama a descansar. Tuve un extraño sueño, donde Adriana y yo nos conocíamos en un barco de lujo, pero este se rompía y no quedaba más remedio que arrojarse a las frías aguas. Estaba tan enamorado de ella y eso que no la conocía—que viendo el panorama— nos cogimos de la mano en un acto reflejo. Ella temblaba. Por primera vez en siglos sus ojos habían resplandecido en una sola mirada, un segundo fugaz en que se reconocieron casi extrañados. De pronto, se escuchó una voz de entre las aguas y escuchábamos atónitos: “Viviréis eternamente separados hasta el fin de los días, sólo entonces volveréis a estar unidos por un instante, antes de desaparecer. “Yo me desvanecí y cuando desperté, Adriana no estaba a mi lado. Nunca más, logré volver a verla. Por mucho que me esforzará en una búsqueda continuada, con el único ahínco de romper aquella especie de maldición. Expiré un grito tremendo, que hizo que Karim el argelino, me dijera:—Tranquilo, Jeremías. ¡Hey, Tranquilo, tío! Qué es un mal sueño. Respiraba apresuradamente desde la litera y el ritmo cardiaco comenzó a bajar pulsaciones. Me sequé el sudor.—Eso colega, es la angustia, de que te marchas, pasado mañana y no te lo crees—Peor, aún tío. Hay mucho que hacer fuera de aquí. —Acuérdate de los viejos amigos.(Ponía una sonrisa de niño bueno)—Siempre me acuerdo, de los que se han portado bien conmigo. 











28 meses y un día, en la puerta de la prisión.


Nadie vino a recogerme. Era lógico y normal. Jeremías siempre fue el típico tío reservado y recogido. Autosuficiente, en todos los sentidos. Además, no tenía buen pálpito con sus antiguos socios. Todo el mundo, salió muy trasquilado con el asunto de la hierba, pero el pago, el precio más caro. Muy alto, para su lealtad con todos los que participaban y se lucraban de él. Nunca se quejó. No obstante, no le gustaba nada, el hecho de que hubiera quedado, algún acento o coma sin aclarar. La biblioteca, había hecho de Jeremías un intelectual atípico. La verdad, tenía muy poco de ese concepto. Siempre fue un tío hecho a sí mismo. Cogió un taxi y buscó un hotel de carretera. Se alojó un par de días y recibió la llamada del tipo de la editorial. —Jeremías, qué tal!—Bien, es Ud…—Nicolás Borrull de Ed. Ah, ya recuerdo. El bártulo creativo.—Bártulos creativos SL—Ah, vale.— Mira, hemos leído tu libro y nos ha encantado—Entonces, qué—Pues, nada.—Vamos a publicártelo—Sí. Vaya, qué bien!—Bueno, sólo tienes que firmar el contrato y cerciorarte bien que todo está claro.—Claro, qué está claro.—Bueno, ya te lo comenté, Jeremías. Nosotros no somos una gran editorial.—Ya estamos con el cuento lerelé de que la editorial tiene tamaña enano—Hombre, tampoco sin pasarse.—Qué le parece si nos vemos en su despacho. Bueno, te voy a dar una dirección y si quieres nos vemos allá sobre las 12 del mediodía.—Perfecto—Toma la dirección C/ Trafalgar 20 1º-pt3a Getafe.—Allí estaré. Me tumbé y me quedé mirando el techo. Luego llamé a Hertz y les dije que estaría más tiempo del contratado. Y posiblemente, necesitaría un coche más grande y de mayor cilindrada. No hubo, ningún problema, en el aeropuerto cambie el pequeño Opel Corsa por una Mercedes clase S. Esa misma tarde fui a la dirección que me había dado el pájaro. Pasé por un Carrefour y compré un bidón para rellenar combustible y una caja grande de cerillas. Paré en una gasolinera de la M40 y llené el bidón de 10 litros. Pagué y seguí conduciendo. Mientras me encendía un cigarrillo. Sentía una presencia muy especial, dentro de mí, interiormente, en lo más profundo y recóndito de mi mente. No paraba de pensar en Adriana, en aquel azul suplicante de sus hermosos ojos, rogándole que me perdonará, porque nunca pude mostrarle a Erik, porque no sé qué nos pasó. Porque la quería más que a mi vida. Rogándole a los dioses que volviera y me salvará. Me acorde de mi infancia, mis tiempos de la Universidad, de la puerta cárcel, de la biblioteca. De todo, lo que había escrito. Ya estaba en el puto Getafe, cuando, me doy cuenta que en ese número se encuentra una imprenta. Sí, una puta imprenta, de esas que ponen publicidad en los parabrisas; fotocopias, invitaciones de boda, estampaciones de camiseta de tu hijo, posters y tarjetas de visita. ¡Me cagüen Dios! Qué mierda se maneja el Nicolás éste. Sálvame Dios, sálvame. Déjame en paz, déjame que estos ojos doloridos no me mancillen más. Por favor. Yo no tuve la culpa de nada. Rogándole amparo, pidiéndole que no la dejara sola nunca más. Pensé en el cabrón de Camus, mientras en la habitación taciturna del sujeto N.Borrull, iba introduciéndole el contrato y le obligaba a comérselo. —Le dije: Nico, Nico…No tienes ni puta idea de quién soy yo. Yo no soy un chico de casa bien, que le sobra el dinero y se aburre. Escribe, aunque lo haga mal. Del mismo modo, podría hacer calceta. No, pajarito, aquí se acaba su singladura de Mastuerzo Creativo SL— ¿Te gusta el nuevo nombre de la editorial? Es más acorde, a un tipo como tú. Con esa cara de miserable, ojos juntitos como un insecto y tú inmensa calva, rematada por una coletita con cuatro ricitos.(Parecía un jodido calamar) — ¿Sabes una cosa, Camus hablaba de la angustia y el terror y de la miserable condición del Hombre, pero hablaba de ello de un modo tan florido y agradable…? Yo no soy un tipo muy agradable, incapaz de escribir como ese tío. Estoy condenado y ahora llega el momento que estabas esperando. ¡Fotocopiador de tres al cuarto! Se quedó sentado, en la silla, intentado buscar sus lentes. Se había dado cuenta que sus pantalones estaban encharcados de orina y lloraba, lloraba como un niño sin juguete, muerto de miedo, de vergüenza e impotencia. Lo dejé cerca de la ventana para que contemplase el espectáculo. Saqué el bidón de gasolina y lo vacié por la pequeña imprenta de aquel tipo. Agarré las cerillas de cocinero y encendí un cigarrillo. De fondo, el ruido de las sirenas de los coches de policía y bomberos, se hacía más intenso. Con la mirada completamente ida, pero cierto halo de satisfacción. Aún, tuve tiempo de acordarme, de algunos, personajes de mi novela; antes de tirar la cerilla en la puerta del chiringuito copista. Uno de los aludidos, el más idóneo, para el momento, era el profeta  Muhammad —que murió como Franco en su cama— un islamista que soñaba con sus hijos muertos y promulgaba aquello que—un publicista diseñó— como la utopía de todo buen hijo de vecino tendrás… Era así la frase o estoy perdiendo facultades. Juraría que sonaba así: “plantarás un árbol, tendrás un hijo y escribirás un libro.” ¡Lo siento, Adriana, pero no soy nadie sin ti! Todo lo hice al revés… Quizás en otra vida. No lo sé, no soy profeta. 






                                                                                          FIN
                              



                        Dedicado a Dolores O'Riordan septiembre 1971/enero 2018 in Memoriam







Fotogramas adjuntados



Reefer Madness (1936) by Louis J. Gasnier
She Shoulda Said No! (1949) by Sam Newfield
Valeri týden divu (1970) by Jaromil Jires
Only God Forgives(2013) by Nicolas Winding Refn 
Gomorra (2014)  by Francesca Comencin




                                                                    

Las familias magnéticas de Nobili







Todos los sueños de noviembre comenzaban de la misma forma; unas hermosas damiselas flotando sobre un campo magnético de cristal fluorescente con las caras desalentadas. Cada una de ellas, improvisaba un aria inmaculada y certera. A pesar de sentir la sombra del miedo, detrás de las cortinas, en cada respiración del imantado escenario: el espectáculo continuaba su itinerario. Sin embargo, aquellas sombras pavorosas; terminaron por convertirse en público luminescente. Desde, ese instante, comenzaron a cantar todo su repertorio en Do menor. Finalmente, sonrieron sardónicamente a la platea y desaparecieron como en un prestigioso truco de magia.
—Esto es insoportable. ¡Por Dios, qué crueldad! Me parece terribleesputaba una voz. Desde el fondo, del decadente patio de butacas. La barítono del cuarteto miraba su libreto de notas convertido en algoritmo caótico. 













Aquel programa cambiaba de grafía y se transformaba en pétalos de flores multicolores que caían y volvían a elevarse. El olor que desprendía aquel libreto, no era precisamente a orquídeas salvajes, sino un hediondo légamo dentro de un millón de letrinas embozadas.
—Todo sigue igual. Sin cambios. Tan solo, un halo de éxtasis, a modo de tiempo muerto, parecía ser la nueva eternidad. Me pareció la gran pantomima de un patético infierno —Comentaban las luciérnagas, mientras traían el celestial aroma a pan horneado. ¡No, no! Estás muy equivocado. ¡Tío listo! No voy a servirte ni te serviré jamás. Tu alternativa es lo más parecido a llorar o sentir el punzón de tu maldita enfermedad crónica. —Ah! Cabrona. ¡Piedad, por favor! Nunca cambiaras, ni sabrás del significado de tal palabra. No tiene sentido, perder el tiempo en tu puta cantinela. 












Tu ADN lleva grabada la palabra, perdedor.—Le respondió ella. El pilar del flujo de magma que olía a caspa y barras de chocolate recién desprecintadas del paquete, empezó a atragantarse entre risas flojas. En aquel lugar las vibraciones eran bizarras y descompasadas. Cuando la rotura del cristal de una bombilla crujió en mi estribo. Pero, todo quedó en una almádena que se estrelló contra el cerebro de aquella alcahueta.
—A esos que sirves, ya no te ven como una persona, ahora eres un arma sensible. Un artefacto viviente para guardar y sacar cuando necesitan. Algo destruido. Ansias la libertad, pero estás encadenado a tus Domines. ¡Sírveme y te daré toda la libertad que quieras! Una ola de rayos gamma se iba concentrado a marchas forzadas. Ella sacudió la cabeza violentamente y gritó. Parece que alguien o algo desconocido rompió las barreras; y ahora la ley pura está en los planos de la realidad virtual.











La ley pura es veneno para los seres vivos, pues, cambian. —Eso es tan malo como la propia interpenetración del caos. Ahora, sabrá cuál es la situación. —Prepárese para estar listo, en cualquier momento. Cuanta más información tenga; el diseño del plan de ataque dejará de ser una quimera. Mi garganta la notaba seca. ¡Hora de beber! Venga, idiotas! Beban. Es gratis. Nobili se inclinó ante su público y se dirigió rápidamente hacia la puerta. De repente, un extraño rayo de energía cayó del cielo y golpeó los cristales de la tramoya. Su armonía dejó una sonoridad tripartita que se intensificaba, cada vez que sorbías un poco de vodka. Nobili sintió la naturaleza de una deformidad —dentro del rayo ámbar— de energía que fulminó el escenario. Fuera lo que fuera, estaba hecho con una alineación y simetría perfecta. Realmente, prodigioso. Aunque la viga tenía un ángel pegado a una escocia. Nunca supimos si era un ser bueno o malo. Definitivamente, Nobili se despertó y espetó: ¿aprendieron algo de expuesto hoy aquí? —Creo que va a ser que no. No se preocupen, estas cosas pasan en las mejores familias.





                                                                                     FIN




                              Dedicado a Johnny Hallyday Junio 1943/diciembre 2017   In Memoriam






Fotogramas adjuntados


Edison, the Man by Clarence Brown (1940)
Primer by Shane Carruth (2004)
The Invisible Man by James Whale (1933)
The Imitation Game by Morten Tyldum (2014)